Sector 7G

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#1 04.08.06 22:11 hs.

hachabrava
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El hincha por la ventana por Luis Fernando Iglesias Herrero

Vos creés conocerlo al Pardo Guzmán, pero no te equivoques. Al Pardo, en realidad, a fondo, lo que se dice a fondo, no lo conoce nadie. Ni sus hermanos, ni su finada Vieja, ni mucho menos la barra del barrio, que lo conoció como un negrito en patas, rompedor de pelotas a puro talón contra los cordones de la vereda y un día se sorprendió reconociéndolo pichón de crac.
Tal vez el Viejo, su compañero inseparable de tanta canchita de babys en las que le inculcó el vicio del fútbol, fue quien estuvo rondando en forma más cercana esa coraza de silencio que de a poco inventó, mientras se moldeaba como jugador profesional. Sí tal vez, sólo el Viejo presienta cómo es él  en realidad; pero vos sabés que nunca más se hablaron desde aquel día en que se pelearon, y el alejamiento entre ellos fue de los más dolorosos, porque tuvieron que disfrazar de odio todo el amor que se tenían. Así que ni el Viejo creo que tenga todos los pedazos de la historia.
Porque sólo el Pardo sabe lo que pasó, sólo él conoce todas las escalas de su viaje desde hincha perdido del fútbol con  ambiciones de jugador profesional, hasta su presente. El Pardo, y tal vez yo, que siempre quise creerme su mejor y único amigo. Esa calidad que me invento, en algún momento como este, con alguna copa que ayuda eufóricamente proclamarme como su hermano. Desde esa jerarquía que me otorgo, y te repito, solo por esas copas que vos me invitaste, me animo a abrir un poco su historia, imaginando que la entiendo.
El pardo Atilio Bibiano Guzmán, ¡qué jugador, por Dios! Cuando nació. allá por el 58, el Viejo le encajetó ese nombre como una condecoración de pique y para sus adentros me imagino que se dijo: "... con ese nombre vas a ser bolsilludo o no vas a ser nada...".
Mi propio Viejo me contaba las curdas que se agarraba el padre del Pardo, cada vez que aquel cuadro, que hizo de la humillación a los manyas un vicio, ganaba un nuevo clásico. Y fue después de aquel terrible 6 a 0 (menos mal que yo todavía no había nacido), por diciembre del 41, que entre grapa y grapa juró que si alguna vez tenía un hijo, pese a que le pesara a la madre, se iba a llamar Atilio Bibiano. Así que muchas opciones no le quedaban al pobre Pardo.
Su destino era ser la prolongación, o una rara mezcla, del goleador de Junín, Atilio "Bigote" García, y aquel de la volea imparable, Bibiano Zapirain, que por una no muy clara historia que me contó mi Viejo (y de la que, por supuesto, no me acuerdo), siguió tempranamente su carrera de romperredes en Colombia.
El Viejo quedó enfermo de bolsilludismo luego de aquel histórico triunfo, y cuando algún manya lo cargaba por una eventural derrota, siempre repetía: "... el día en que ustedes hagan 6 a 0 en una tarde, el día que tengan un Atilio o un Bibiano Zapirain en el cuadro, hablen... pero, ¡qué van a hacer seis goles ustedes, manga de amargos!..." . Aquel 6 a 0 era la gloria hecha bastión inalcanzable para el enemigo.
Creo que al Pardo hasta le daba un poco de vergüenza cargar con esos ilustres nombres, así que, con sus característicos silencios, y la ayuda de su color, poco a poco pasó a ser "el pardo Atilio", o como él prefería, "El Pardo" a secas. Yo, muy de vez en cuando y como sabía  que no le gustaba, lo jodía llamándolo Atilio, o como para poner punto final a una discusión futbolera, lo agredía con un "anda a cagar, Atilio Bibiano, ¡con ese nombre de brisco venís a opinar de fútbol!", y eso sé que le dolía más que ninguna otra puteada. Lo dejaba como "mirando pa'la fiambrera", sin encontrar una respuesta lo suficientemente ofensiva para contestar tamaño insulto. Entonces musitaba, como de labios pa'dentro, una indescifrable ofensa, y se iba, sin siquiera darme una satisfacción de ver mi risa.
Los que lo junaban poco decían que éramos tan amigos porque no hablábamos mucho de futbol, y si bien yo soy (gracias a Dios) manyta baboso, el Pardo no me llevaba el apunte porque  ya se había tomando una carrera profesional en serio. ¡¡Las bolas!! El que diga eso no lo conoció ni por el forro. Pocas veces vi a un tipo tan callado, tan sin gritos; pero  a la vez tan asquerosamente bolsilludo como el Pardo. Y si nos llevábamos bien era porque, en su callada manera de ser, nos sentíamos como hermanos, pese a estar en tiendas diferentes. Te cuento una nomás.
Nosotros, de botijas, siempre íbamos juntos a los clásicos. En el año 1972, Nacional venía en racha y Peñarol desesperadamente trataba de cortar los tres campeonatos uruguayos al hilo que los que  te dije habían ganado. El clásico de la segunda rueda de ese año se jugó un 10 de diciembre, me acuerdo porque yo cumplía exactamente quince años. Nos sentamos los dos en la Colombes (todavía aquellos años las hinchadas de los dos cuadros podían ir juntas), y el Pardo, como es habitual, no dijo casi ni palabra en todo el partido.
Los bolsos, con el empate, eran campeones; pero les dimos un "pesto" de aquellos. Todo el partido les fuimos ganando uno a cero, y Manga los salvó varias veces de la goleada. Pero con el típico culo que supieron cultivar en aquellos años, gracias a una jugada aislada, Montero Castillo no empató el partido.
Ya estaba resignado a que ganaran el cuatro campeonatos al hilo, cuando se la meten en el ángulo a Manga. Me di vuelta y mirando al cielo, grité como un loco, le sacudí la cabeza al Pardo que, inmutable, seguía sentado mirando hacia la cancha. Yo buscaba a Dios en el cielo para agradecerle tanta felicidad, puteaba, gritaba como un loco, me abrazaba con los de la fila de atrás, y toda la alegría existente en una tribuna, la concentraba en ese sublime segundo. El Pardo, sin decir nada, me sacudió el brazo, me hizo dar vuelta y, para mi asombro, vi que habían anulado el gol por orsai  de Noble, que  estaba tirado en la raya detrás de Manga. Me senté con la desdibujada risa todavía en la cara, y puedo jurar que nunca se dijeron tantas puteadas juntas a un juez como las que se me escapaban por la garganta. El Pardo no abrió la boca.
¿Sabés lo único que me dijo el guacho cuando terminó el partido? Mientras los pañuelos empezaban a saludar la vuelta olímpica, se paró, se acercó, me dio un beso y me dijo: "muy feliz cumpleaños, Flaco", y casi sin mirar la vuelta olímpica, se fue del Estadio. ¡Qué hijo de puta!
Claro que después lo vi sufrir, gol a gol, cada clásico del resto de la década con Morena al frente. ¡Qué forma de gozarlo! Pero, ¿sabés?, el Pardo nunca retrucaba, solo te miraba con esos ojos de hincha triste y frustrado, tan típicos de los hinchas de Nacional, que aún sin la tabla salvadora de un argumento convicente, afrontan la ignonimia con dignidad. Era la quintaesencia del hincha bolso, y como tal, era consciente de que vino al mundo para sufrir y llevar el mote de hijos nuestros en forma indeleble, por lo que durara su vida.
Eso sí, bolso fiel y seguidor como pocos, le daba mucho menos bola al festejo de los triunfos que al deber de acompañar al equipo cada vez que perdía. Siempre me decía que despreciaba al hincha que sacaba número para estar en los gritos de victoria, en el falluto elogio a los jugadores, y que era el primero en rajar cuando veía que le estaban llenando la canasta. Me acuerdo de aquel clásico cuando Nacional se comió un 5 a 1 con los manyas, por enero del 76, y el Pardo, con los ojos secos de tristeza y el alma llena de lágrimas, fue el último bolsilludo que dejó la Colombes, llevando bajo los párpados las increíbles cabriolas de Jiménez.
Pero es época de frustraciones poco le importaba al Pardo; ignoraba mis bromas o las derrotas imborrables porque por esos años había conseguido lo más parecido a un sueño que consiguió en su vida: probarse y quedarse en las inferiores de Nacional.
¿Vos sabés lo que era el Viejo del Pardo? Además de romper los cataplines todo el tiempo con la goleada del 41, no había partido, ni de inferiores ni del primero, que no fuera a ver al tricolor. Si el hijo no lo acompañaba a todos era porque el Viejo dos por tres llegaba en pedo, se iba de boca y terminaba mezclado en alguna piñata fenomenal. Y si el Pardo tuvo que ir más de dos veces a probarse, no fue porque le faltaban condiciones, no ¡¡qué le van a faltar!! Lo que pasaba era que los técnicos sabían que el Viejo era insoportable, y ante la duda de bancarse al viejo Guzmán o tener un pichón de posible crac en el cuadro, lo desechaban. Además, el Pardo era más bien menudito (y entre nosotros, no muy puchereado), y vos sabés que los animales que ponen los clubes en las inferiores, a veces prefieren roperos a buenos jugadores de fútbol. ¡Así nos va!...
Pero Nacional, por esos años, había traído a un técnico argentino. Ignomiriello, especialista en formar jugadores hábiles. Aquel nuevo aire que llegaba lo entusiasmó y me dijo que en la primera práctica de aspirantes que hubiera, se animaba a ir de nuevo.
Esa vez no le dijo nada al Viejo y me pidió que lo acompañara. Yo tragué saliva, escupí todo el asco de mi estómago, y juntos entramos al Parque Central. Me senté solo en la tribuna Norte, cagado de frío, viendo cómo mi querido amigo se divertía entre la manga de troncos que soñaban vestir la camiseta tricolor. Hizo tres goles, el último eludiendo a media defensa rival, y cuando Ignomiriello lo llamó, pude adivinar la sonrisa colgada de su corazón.
Después fuimos caminando por la Sede y se paró en frente a la gran foto de los Campeones de América y del Mundo del 71, la observó por varios minutos sin hablar, dejando que Artime, Cubilla, Manga y compañía, lo miraran subidos a la gloria de aquel pasado tan querido por el Pardo y, sin sacar los ojos de la foto, me dijo: "Flaco, algún día me vas a ver parado en una foto justo al lado de esta". Yo sólo supe contestarle con una broma, me acuerdo que le dije: "Vamos, Pardo, si estás vos, en una de esas hasta me da lástima que pierdan por goleada..."
¿Vos sabés que yo creo que se le podría haber dado?  Fijate que estuvo en las inferiores desde el 74 al 76 y siempre fue uno de los mimados por el porteño. En aquel cuadro de jugadores tales como Darío Pereyra, Carrasco, Muniz, etc., el pardo Guzmán siempre se dio maña para entreverarse. El Viejo no cabía en sí de orgullo, y en el boliche ya no sabían cómo eludirlo para que no rompiera más los huevos hablando de su hijo.
Una vez que Carrasco se enfermó -porque lesionar no se lesionaba nunca-, le llegó la oportunidad de debutar en primera, a fines del 76, en la Liga Mayor contra Huracán Buceo, en un partido nocturno. Todo el barrio, sin importar la camiseta fue a verlo. Me acuerdo de estar sentado en la Platea América (¡yo, abonado permanente de la Colombes!), acompañándolo antes de entrar. Parecía que iba a una práctica más, ni un gesto, metió un par de caños, como para decir "acá estoy yo"; le metió un pase de gol a Revetria y ya se ganó a la hinchada.
El Viejo me abrazaba cada vez que el Pardo hacía una buena jugada, y tengo que confesarte -aunque por favor no lo repitas- que hasta me alegré cuando sirvió el primer gol en bandeja a Pedetti. Claro que en el segundo tiempo lo sustituyeron por Perrone y después volvió a la tercera. A Carrasco nadie le discutía el puesto; pero ya había quedado sembrada la duda, entre la hinchada, de quién era ese negrito menudito que la rompió en el primer tiempo del partido con Huracán Buceo.
En serio te digo que creo que pudo formar parte de aquel cuadro de Nacional que salió Campeón de América en el 80, si no fuera por aquel terrible hijo de puta de Cerro, el "Fofo" Gutiérrez, que lo fracturó una espantosa tarde de lluvia en el Tróccoli, por junio del 78. El Pardo y sus apenas veinte años comenzaban a consolidarse en la titularidad, hasta que aquella bestia, vestida de marcador de punta, no aguantó un caño que le tiró mi amigo, y a la vuelta le bajó una plancha que le hizo puré la tibia y el peroné.
Creo que el resto de la historia es tan triste que prefiero no entrar en detalles. Nacional no se portó bien con él, no lo esperó, y a fin de año lo dejó libre, sin estar seguro de que volviera a jugar al fútbol y destrozándole para siempre el alma.
Nunca escuché el más mínimo reproche, y en el 79, ya recuperado, se borró a México a probar suerte. No le fue bien, jugó un año en el Atlas, otro en un cuadro de la segunda de allá - que no me acuerdo ni del nombre-, en donde lo dejaron libre a mitad del año, y tuvo que conseguir trabajo en una transportadora de valores para seguir viviendo.
Se consiguió, eso sí, una terrible azteca que lo tenía loco, y le sacó toda su leche contenida y hasta el último peso mexicano. En sus cartas no me decía nada; pero yo me imaginaba que algo andaba mal porque cada vez eran más melancólicas, cada vez se acordaba más del barrio, de las cosas más boludas que hubiéramos hecho cuando eramos pibes, y siempre decía que tenías ganas de volver, que extrañaba y, por supuesto, en todas terminaba preguntando por el bolso.
La muerte de la Vieja lo decidió, mandó a la mierda a la mexicana, y una mañana de setiembre, sin decir nada, apareció en el velorio con su mirada más triste de siempre, como si los tres años pasados hubieran sido una mentira de la historia.
Se abrazó del Viejo, que apenas se mantenía en pie del pedo que tenía, y le largó una frase que cayó como una sentencia: "No me voy, de acá solo me sacan muerto..."
En su orgullo creo que se escondía la secreta esperanza de volver a Nacional. Un día fue a la sede a buscar su carné de jugador, que dormía en la administración del Club. Como siempre, lo tuve que acompañar, y nos paramos de nuevo a ver las fotos. Con toda su tristeza, miró el póster de los Campeones de América del 80, colgado al lado de los del 71, y me dijo: "Flaco, me afanaron el lugar, ahí tenía que estar yo. ¿Te das cuenta de qué cortó paso hay entre el anonimato este y la gloria que tienen esos? Alguien ahí está ocupando mi lugar...".
Pero Nacional ni miras de llamarlo. Un día entré al boliche y lo vi solo. Era temprano, y me pareció raro que no estuviera entrenando por su cuenta. Estaba tomando una cerveza y fumando un faso, lo que completaba un panorama desolador y extraño para él. Lo saludé y me hizo una seña de que me sentara.
Miraba por la ventana y de repente pude entender que el silencio me estaba doliendo. Tuve un presentimiento y le pregunté qué le pasaba, ya sabiendo la respuesta. "Me llamaron de Peñarol, quieren contratarme por dos años, muy buena guita..." Me salió de adentro gritarle, un "buena, Pardo, te paraste...". Por supuesto que me mandó a cagar, me dijo que en la puta vida se iba a poner esa camiseta, y que me fuera sacando la idea de la cabeza con peine fino, que por respeto a Errico, que había hablado con él, le había pedido un par de días para pensarlo, pero que ni en pedo...,etcétera, etcétera. Entre las puteadas, no tuve dudas de que vería a mi íntimo amigo bolsilludo vistiendo la camiseta número 10 manya.
Lo que más le dolió fue cuando me paré y le dije: "Fenómeno, Pardo, no sabés qué buen gusto tienen las medallitas y los banderines de  Nacional, porque eso es lo único que vas a tener para comer en los próximos dos años si no agarrás con Peñarol, boludo. ¿No entendés que es la oportunidad de tu vida? ¿ Que en Nacional ni se acuerdan de vos? ¿Sos profesional o que? Pero andá a cagar, Atilio Bibiano..." Sentía su mirada de odio, ante la verdad irrebatible, pegarme en la nuca mientras me iba del bar.
Durante tres o cuatro días no lo llamé, tampoco él habló conmigo; pero te confieso que no me sorprendió cuando mi Vieja me trajo el diario  aquella mañana y lo vi por primera vez con la camiseta de Peñarol, firmando el contrato en la sede.
Mientras trataba de que el mate me despejara, noté su mirada de infinita tristeza adornada por una sonrisa, y un ojo apenas hinchada
colgando en la página deportiva de EL PAIS.
Me enteré después, no por él sino por un amigo, que el ojo amoratado era consecuencia de una cacheteada que le dio el Viejo, respuesta contundente ante la traición que su hijo cometía y doloroso punto final a la relación de padre e hijo compinches. Adiviné la tristeza, oculta tras la sonrisa, pobre máscara con la que aceptaba su cobardía.
No me aguanté y lo llamé. Cuando atendió, antes de decirle hola, le susurré "¡qué linda que te queda, Pardo!..." Su respuesta tajante aún me suena en el tímpano: "Sí, muy linda, lástima el olor a mierda que tiene..."
¿Vos sabés que nunca me animé a preguntarle que sintió la primera vez que entró en Los Aromos? Me lo imagino bien recibido por el plantel, porque sé que se sintió cómodo enseguida con ellos; pero también lo veo caminando por los pasillos de la concentración, mirando las fotos de gloria de los odiados enemigos de toda la vida.
En esa fotos estaba dibujada la historia al revés de como él la creía y profesaba, era la oposición a todos los ideales del Club al que quería. En las renovadas paredes de Los Aromos, dormía su historia las fotos de las humillaciones que Nacional había recibido en los clásicos y campeonatos perdidos. Te juro que lo veo llegar a su habitación con el alma hecha girones, sintiéndose el peor de los traidores.
Ahora sí, viejo, ahora casi tenés todos los elementos para entender lo que finalmente pasó con el Pardo en Peñarol. Porque es muy fácil criticar por criticar, sin conocer lo que fue la vida y la historia del Pardo. ¡¡Ojo!! Cayó en un cuadro de la gran puta, aquel cuadrazo de Peñarol del 82. ¡Mamita querida!... La vuelta de "Nando"Morena 9yo rasqué la lata, pero fui de los que aporté guita para traerlo), "Pinocho" Vargas, el "Chicharra" Ramos, el "Indio" Olivera... ¡Por Dios!
El Pardo sabía que llegaba como suplente del brasileño Jair; pero también sabía que se iban a jugar la Libertadores y el Uruguayo juntos, así que algunos partidos iba a poder pellizcar.
No le avisé cuando fui a verlo debutar en un amistoso en Las Acacias contra Cerro, Bagnulo había armado un cuadro juvenil de alternativa, en el que llenaba el ala izquierda junto al "Coquito" Rodriguez. Lo veo entrar a la cancha, y creo que ni la presencia del odiado "Fofo" Gutierrez, enfrente, lo perturbaba. Cuando me vio y saludó de lejos, supe que no estaba ni nervioso ni preocupado; peor, estaba triste.
Yo pensaba que cuando la guinda rodara, se iba a olvidar de todo, y junto al Coco, se harían un picnic con la dura defensa rival. Pero no fue así. Durante los primeros minutos lo vi contenido, como atado, rindiendo a gatas la cuarta parte de lo que podía. Con el paso de los minutos se soltó apenas un poco, tiró un par de tiros al arco, le hizo un caño de rigor al Fofo, pero nada más. No me sorprendió que Bagnulo lo dejara en el vestuario para  el segundo tiempo.
Sin embargo, después fue mejorando, y aunque nunca tuvo lugar en el equipo titular que jugaba la Libertadores, sí entraba algunos minutos en los partidos del Campeonato Uruguayo. Hasta cuando alguna vez que jugó en tercera, puedo decir que aparecía de a ráfagas aquel pardo Guzmán que yo conocía, hiriendo, con un poco de fútbol, la mediocridad general del intrascendente partido.
Bagnulo, sorpresivamente, lo incluyó en el plantel que viajó a Río para jugar la semifinal de la Copa con el Flamengo. ¿Te acordás de aquel partido que parecía un cumpleaños de Gustavo Fernández y en el que se nos lesionó Vargas? Bueno, ganamos 1 a 0 con golazo de Jair, y a la mejor tradición uruguaya, nos cagaron a pelotazos. solo aguantamos el resultado "revoleando la lata". Cuando la presión era insoportable, faltando veinte y pocos minutos, el técnico, sorpresivamente, echó mano del Pardo, para ver si podía retener la pelota un poco y así descansar de pelotazos a nuestro golero.
Atilio no anduvo mal, se las tuvo tiesas con los brasucas, repartió (pese a su fisiquito enclenque) un par de codazos, y se la llevó más de una vez contra el córner. Cuando terminó el partido, y la tele me traía la imagen del Pardo abrazando a Morena, pensé definitivamente que el conjuro se había terminado, ilusionándome con que mi amigo sería el primer jugador aurinegro que le regalaría, a mi felicidad, una camiseta de Peñarol bañada de esfuerzo.
Fue mejorando partido tras partido, jugaba casi todos los del Uruguayo o estaba a la orden. la hinchada lo quería y le perdonaba el mutismo extremo cada vez que hacía o daba un gol, porque la llenaba de felicidad con sus gambetas increíbles en una baldosa y su forma exacta de humillar a los duros marcadores rivales. En esa época nos veíamos muy poco, el Pardo se había mudado del barrio a consecuencia del incidente con el Viejo, y vivía en una pensión del Centro. Pero cuando lo llamaba, siempre me salía con algún entrenamiento o compromiso, como evitando el encuentro.
Hasta que llegó el famoso clásico. Peñarol estaba interesado en las finales de la Copa, así que guardó al equipo titular, protegiéndolo del duro partido que se avecinaba contra el tradicional rival. Era, también, una consuetudinaria manera de humillar a los bolsos, como diciéndoles "pa'vos, me alcanza con la tercera...". Con ese movimiento de piezas, el Pardo, por primera vez, iba a enfrentarse a su amado equipo, dado que fue confirmado como el 10 titular.
No te quiero aburrir repitiendo la historia que vos ya sabés; pero si me servís otra, tal vez me desinhiba del todo  y  te muestre las cara de la verdad que creo yo solo saber. Prometo que es la última que me tomo.
¿Vos te acordás del partido? Domingo de sol en el Estadio. Cerca de cuarenta mil personas en las Tribunas, y allá en el césped, el Pardo haciendo jueguito antes de empezar el partido. Te juro que me acuerdo y se me vuelve a poner la carne de gallináceo. Me moría por saber qué estaba pasando por su cabeza mientras veía salir a los contrarios, vistiendo sus amados colores, por el vestuario de enfrente, rodeados por una nube de chiquilines, y apoyados por sus ex-pares, habitantes de la tribuna, hoy transformados en enemigos. El Pardo seguía haciendo malabarismos con la de cuero, y creo que era su forma de evadirse de todos esos pensamientos.
Nacional atacó desde el principio, empujado por el hecho de estar jugando contra una "tercera reforzada". Peñarol defendía con casi todos atrás, menos el Pardo, el "Coquito"Rodríguez, y arriba, como navegante solitario, un goleador de apellido Peirano. Cada vez que la pelota rebotaba en el área manya, lo buscaban al Pardo para el desahogo y este la "amasaba", la "dormía", buscando un poco de aire, o sacaba un sorpresivo pase a Coquito o Peirano. Así vino el primer gol, cuando iba más o menos media hora de juego. Pase largo de Guzmán a Rodríguez, centro de este, pasividad de la última zaga tricolor, y gol de cabeza de Peirano.
El Centenario explotó, los jugadores aurinegros eran un racimo, uno sobre otro contra la Amsterdam. Pero debe de haber sido el único gol de Peñarol que grité a medias, porque me dediqué a buscar al Pardo y lo vi volviendo al medio de la cancha con la cabeza baja y el deber cumplido.
Segundo tiempo sin cambios. Más feroces y toscos ataques de Nacional y más jugadas de lujo del Pardo. Otro pase de Pardo a Peirano y este la clava en el ángulo. Corner bien tirado por el Pardo, cabeza del zaguero Falero, y tercer gol aurinegro. La debacle tricolor era total, Aguirregaray, el "Murmullo"Perdomo y Abalde lo levantaron en la pata al Pardo; pero él seguía en la suya, toque corto, gambetita, pase largo. Un partidazo se estaba mandando.
Los bolsos parecían tener la suerte echada. Vestidos de impotencia ante la humillación de ir perdiendo tres a cero con una tercera, comenzaron a repartir patadas. Así se fueron expulsados Abalde, Wilmar y Torales. Nacional tenía ocho jugadores y Peñarol once, más que partido era un picnic. Tiro de lejos de Coquito y cuarto gol. Gol en contra de Aguirregaray y quinto, ¡¡Cinco a cero!!
Ahí Bagnulo lo iba a sacar, porque Pardo estaba muerto. Hubiera sido una rúbrica ideal para que las tribunas manyas se rompieran las manos aplaudiendo, mientras él se llevaba toda la gloria para su casa. Pero Washington González sacó de una patada al Coquito (siendo el cuarto expulsado de Nacional) y el técnico no tuvo más remedio que dejar al Pardo en la cancha hasta el final.
En esos últimos minutos lo vi con el freno puesto, recibiendo alguna patada que otra; pero haciendo sólo pases laterales, sin hacerle caso a la hinchada que rugía exigiendo la humillación del enemigo. El juez se plegó al juego no echando al quinto jugador de Nacional, pese a las patadas que estos pegaban, como diciéndoles, "si son perros, aguanten hasta el final". El aire de tragedia corría sobre el viento que asolaba la cada vez despoblada tribuna Colombes. Para quedarse a ver esa masacre había  que sacar carné de fanático.
Hasta que llegó el último minuto, y con este, el innecesario penal de Rodolfo Rodríguez, golero de Nacional, a Peirano (que se iba solo para afuera con la pelota) Peirano quedó muerto afuera de la cancha, y a quien correspondía patear el penal era al Pardo.
Un silencio de muerte me corrió por la sangre. Más allá de la alegría de otro gol, de la goleada inolvidable que estábamos haciendo,  del recuerdo inmortal que estábamos fundando, me di cuenta de que, por sobre todas las cosas, por fin íbamos a lavar la peor afrenta que Peñarol recibiera en la historia.
Luego de cuarenta años, le rompíamos el culo a los bolsos, ganándoles por el mismo humillante 6-0 que los comandados por Atilio García nos habían propinado. Y el encargado de igualar esa marca histórica era el pardo Guzmán. Atilio Bibiano Guzmán, mi mejor amigo y bolsilludo a ultranza, dejaría su indeleble nombre marcado en aquel clásico, que nunca sería olvidado por la historia aurinegra, ni por la vergüenza tricolor.
No podía dejar de pensar, en ese momento supremo, en el viejo Guzmán. Me lo imaginaba escondido tras su bandera en la Colombes, tratando de negar todo parentesco con el traidor que pintaría para siempre, y en letras de molde, la afrenta para su institución. Me preguntaba si al pobre viejo Guzmán, para su  suerte, no se lo habría llevado un infarto. Entre los semivacíos escalones de la Colombes, los pocos y sufridos hinchas tricolores esperaban sin salir de su asombro, el sexto gol, el pitazo del juez y el fin del suplicio.
El Pardo agarró la pelota, mientras el juez hacía señas de que luego del penal se terminaba automáticamente el partido, sacándole la posibilidad del rebote. Puso la guinda en el punto blanco y con los brazos en jarra, esperó la orden del juez.
Rodolfo se acercó, e intentó una última e inútil puteada para ponerlo nervioso. El Pardo seguía impertérrito  mientras el juez le sacaba amarilla al golero y lo obligaba a pararse en la línea. ¿ Viste que hay silencios que presagian grandes alegrías o enormes tragedias?¿ Esas esperas  ante lo inminente que parecen contener, en sí mismas, la conciencia de su efímera vida, de su carácter apenas accesorio, transitorio, ante el gran momento al que preceden? Bueno, te juro que eso debe de haber sentido el tiempo ocupado por aquellos interminables segundos, disfrazados de horas, mientas el juez y el golero seguían discutiendo, y el Pardo tenía fija la vista en la Colombes.
No sé por qué tuve ese sentimiento de inquietud. Conocía al Pardo desde niño, lo había visto tirar penales desde el baby fútbol, y te juro -no te exagero- que me sobrarían los dedos de la mano para contar los penales que erró. Si en algo era infalible, era en ese toque de billarista que le daba a la pelota, en esa sangre helada que le corría por sus venas y que llegaba al preciso pie que empujaba la globa al arco, la que entraba como excusándose de hacer un gol con tanta calidad. Nunca un pelotazo, nunca arrancarle la cabeza al golero, siempre esperar el momento preciso, y luego de la caricia, a festejar con la tribuna. Por tanto, la suerte ya estaba echada, el pardo Guzmán sería el autor del sexto e inolvidable gol del clásico.
El silencio nos ganó a todos, apenas quebrado por el pitazo del juez dando la orden de patear. El Pardo tomó sus clásicos tres pasos de carrera, miró fijo al golero, dio el último paso justo en el momento en que Rodolfo se tiraba a su izquierda, pensando en un fuerte remate para ese lado. En ese momento, Atilio Bibiano Guzmán arquea el cuerpo hacia su derecha, como tantas veces, y con cara interna del pie izquierdo, acaricia la pelota, buscando con suavidad el ángulo superior derecho del arco rival. El golero sólo atinó a mirar desde el piso, envuelto en su angustia e impotencia, cómo la guinda se elevaba, buscando su destino inexorable.
La pelota fue suavemente tomando altura y, como en cámara lenta, llegó al arco, elevándose unos centímetros sobre el horizontal. Hay gente que todavía jura que la pelota rozó el travesaño, pero para mí que no lo tocó. Con una plástica digna de un cuadro, te diré que paso a escasos diez o quince centímetros del ángulo. El cascoteado Rodolfo Rodríguez pegó un puñetazo  en el piso, como inútil y postrero festejo de la nada, y me parece estar viéndolo al Pardo poniendo sus brazos en jarra de nuevo, mirando el piso buscando una razón para tanta desgracia, en el verde y desparejo cesped del estadio Centenario.
¿Por qué la gente se acuerda tanto de ese episodio?
¿Qué importancia puede tener errar un penal en un clásico que se gana por goleada? La fuerza de los hechos me demuestra que ese penal errado, en la interna aurinegra, lo marcó para siempre.
De nada valió el abrazo de Bagnulo cuando todavía el Pardo seguía con la vista pegada al piso, los hinchas que lo llevaron en andas hasta la Amsterdam a festejar con los suyos. Los gritos interminables de "... hijos nuestros", porque en toda su auténtica euforia, también quedaba, goteando como una lata de aceite rancio, el recuerdo de la revancha suprema que no supo llevarse a cabo por culpa del penal mal pateado por un bolso confeso. y eso no se lo perdonaban.
Aunque fue incluido en el banco de suplentes en las dos finales de la Copa América (yo Andrés corrijo: Copa Libertadores de América), contra Cobreloa, ni cuando se empató en Montevideo 0 a 0, ni cuando ganamos en forma agónica y hazañosa en Santiago 1 a 0 con aquel gol de Nando, entró a jugar ni siquiera un minuto.
Después siguió alternando algunos partidos en primera, algunos en el banco, y hasta aceptó jugar algunos en tercera, sin protestar y callado como era. Yo no me sorprendí cuando me enteré de que había pedido la rescisión del contrato con Peñarol. Cuando lo llamé para preguntar cómo andaba, él sacó el tema, y me explicó que había recibido una oferta del Marítmo de Venezuela, y que se iba a probar suerte en un país con mayores posibilidades económicas y menor desarrollo futbolístico.
¿Sabés?, perdoná que sea tan directo con vos; pero aunque me hayas pagado todas estas copas, me da por el medio de los huevos las boludeces que andás diciendo.¡Qué lo vas a conocer vos al Pardo Atilio! Si  lo junaras algo, no podrías repetir la taradez que tiró ese penal afuera "porque es un bolso podrido". El Pardo nunca haría eso a propósito, ¿sabés por qué? Porque el Pardo es un tipo leal, y derecho, incapaz de cagar al que le da de comer. No, boludo, él no tiró el penal afuera a propósito, ni siquiera tiró el penal afuera por querer hacerlo de calidad, como repiten otros huevones qu escuché por ahí; no, Viejo, no. El Pardo tiró el penal afuera porque no tenía más remedio que tirarlo afuera.
Atilio traía en el vientre de la Vieja, o mejor, desde que saltaba de un lado al otro en los huevos del Viejo, el signo y el destino de ser hincha de Nacional mientras respirara por el mundo. Era imposible escapar a eso. Nunca pudo ser, como tantos otros, un  "profesional del fútbol". El se ganaba el dinero por su amor a la pelota, le pagaban por ser un artista de la guinda, y él vendía su arte; pero nunca se olvidaba que el fútbol también es pasión. Y en esa pasión, irracional, como toda pasión que se precie, él sólo tenía lugar para Nacional. Cuando empezó a ser jugador profesional, dejó el alma en cada jugada, dejó la vida en cada trancada, y entregó todo lo que tenía a cada equipo en el que jugó; pero nuncapudo tirar al hincha por la ventana.
No fue un jugador profesional; en todo caso fue siempre hincha de Nacional que jugaba al fútbol profesionalmente, regalando a los hinchas toda la belleza que un botín zurdo pudo generar.
Tenía que errarlo, ¿me entendés? ¿Vos te lo imaginabas con su destino sobre los hombros, enfrentando las caras de los pocos hinchas de Nacional que, como él en otros tiempos, quedaban para acompañar al Club en la peor de las catástrofes? Y con el agravante que una de esas desoladas caras era la de su Viejo. ¿Cómo un hombre que se llama Atilio Bibiano puede ser el mismo que empuñe el cuchillo y mata para siempre la casi leyenda que nació el 14 de diciembre de 1941? Por eso te repito, no lo erró a propósito; era demasiada historia para ser violada por un solo hombre, era demasiado amor para desprenderse de él en un tiro penal. no Viejo, no quiso errarlo; no tuvo más remedio que errarlo, no había una segunda posibilidad, estaba escrito.
Ya hace como dos años que se fue y a veces me escribe. Le va bien, pero te repito que nunca hablamos de aquel penal. Te digo más, cuando nos escribimos, casi ni tocamos el tema fútbol. Ni siquiera le dije, y te juro que sin ironía, que al final de cuentas, su profecía se cumplió.
Pudo jugar al fútbol en primera división, todos lo reconocieron como un fenómeno, y finalmente ocupó un lugar que la historia le tenía reservado en una foto de un equipo Campeón de América. En el ala central del Palacio Peñarol, se lo puede ver  al pardo Atilio Bibiano Guzmán en la fila del medio del plantel Campeón de América de 1982, parado entre el "Nando" Morena y el "Chicharra" Ramos.
Finalmente sus deseos se cumplieron. Solo que el destino, con esa perversa magia que a veces  sabe tener, se ocupó de cambiar algunos detalles.

Modificado por hachabrava (11.08.06 01:17 hs.)

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#2 08.08.06 23:27 hs.

Mole Cáceres
Tribunero
Mensajes: 393

Re: El hincha por la ventana por Luis Fernando Iglesias Herrero

Muy bueno andy!!!
La verdad es la primera vez que lei este cuento y me re copo,,,,,,,,,,,,,,,,


No, sos arquero----------------

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#3 09.08.06 16:40 hs.

speedster
Plateísta
Mensajes: 1

Re: El hincha por la ventana por Luis Fernando Iglesias Herrero

Impecable este cuento la verdad asi mucho tiempo no leia algo tan interesante y atrapador
Donde se puede conseguir el libro

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#4 11.08.06 01:22 hs.

hachabrava
Administrador
Mensajes: 522

Re: El hincha por la ventana por Luis Fernando Iglesias Herrero

El libro se llama Pelota de Papel, se consigue con mucho esfuerzo en Uruguay. Editorial Aguilar. Es un cuento que participó en un concurso de cuentos allá (Editorial Santillana y Fundación BankBoston).
Los nombres que aparecen de los jugadores existieron, siendo el del personaje central una metáfora (creo yo)
Con un poco más de tiempo explicaré algunas cosas que se nombran en el cuento sobre temas que se compete al giro idiomático uruguayo, o mejor, su jerga.
Como ser Colombes, Amsterdam, Los Aromos, Troccoli. etc
Debo decirte que salvo que vayas por allá, no creo que se consiga.

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#5 15.08.06 14:51 hs.

Guille
Tribunero
Mensajes: 360

Re: El hincha por la ventana por Luis Fernando Iglesias Herrero

Muy buen cuento, realmente excelente!

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