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El consejo del Flaco de Pablo Pedroso
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Para nosotros siempre fue y será “El Vasquito” o “El Vasco”. Alto y pintón. Siempre debajo de los tres palos. Un buen arquero, no bajaba de 6 o 7 puntos. Y si estaba inspirado podía llegar a jugar 9 puntos. En el club era titular indiscutido pero tenía un problema: en los momentos claves se ponía demasiado nervioso, y ahí le brotaban las cagadas y se transformaba en un nabo de 3 puntos a lo sumo.
Lo mataban los nervios y no había razón que lo calmara. Todo el año atajaba como el mejor pero cuando llegaba el momento de las definiciones, zas, la incertidumbre, la angustia.
Pensás que te estoy jodiendo… Para nada, el Vasquito era el mejor pero cuando la parada venía difícil se transformaba en otro, un manojo de nervios que no paraba de hacer cagadas. Y si le metían un gol, peor, más nervioso se ponía y más cagadas hacía.
La vez del partido por la Ligilla, el Turco nos junta para la charla técnica y el Vasco caminaba por las paredes. ¡Eso que jugábamos contra el peor equipo de la zona! Al lado nuestro eran unos muertos, ni que estuviéramos mamados y con 3 menos, nos podían ganar. Pero el Vasco no debería pensar lo mismo que el resto de nosotros porque se devoraba las pocas uñas que le quedaban. El Turco trataba de hablarnos mientras sus ojitos seguían el incesante movimiento del Vasco que rebotaba contra las paredes del vestuario. A tal punto llegó la cosa que el Turco tuvo que pegar un par de gritos:
- ¡O te calmás, o te saco y lo pongo al Flaco! – amenazó, rotundo y cortante.
Hubo un largo silencio. El Vasco se quedó congelado, quieto por un instante. Todos rogábamos para que se calme de una vez y para siempre porque lo malo de todo es que el Flaco no le ataja ni los tiros a su abuela; buen muchacho pero como arquero, lo peor que vi en mi vida. Fue ahí que el Flaco se le arrimó al Vasco y le dijo algo en el oído que ninguno de nosotros pudo escuchar. El Vasco lo miró un segundo, no más, con algo de asombro y luego desapareció sin pronunciar una palabra. Todos lo miramos al Flaco esperando que nos cuente algo pero no quiso decir ni “mu”. Al rato llegó el Vasco nuevamente, su semblante era otro, se lo veía relajado, asombrosamente relajado. Jugamos el partido (¡ganamos el partido!) y el Vasco tuvo una actuación de 7 u 8 puntos. Siempre seguro, siempre atento y en ningún momento lo vimos nervioso. No te digo que se merecía un 9 porque los perros esos casi no lo exigieron. Dos o tres pelotas jodidas en todo el partido que el Vasco se encargó de controlar con una sobriedad y elegancia envidiable. Apenas terminó el partido, el Vasco salió disparado del arco para fundirse en un abrazo interminable con el Flaco, pocos pudieron darse cuenta o reparar en ese detalle porque todos estábamos festejando, date cuenta que con ese resultado ganamos la Ligilla y pasamos a la final, así que imaginate la alegría: cantos, festejos y aplausos, una fiesta. Ya en el vestuario, más tranquilos, lo encaramos al Vasco, el Flaco se reía solo en un rincón.
- Dale, contales – saltó ante nuestra insistencia.
- ¡Dejate de joder Flaco! – se quejaba el Vasco - ¡No seas ortiba!
Hubo amagues del Flaco entre risas pero nunca largó prenda y menos cuando el Vasco se rajó del vestuario, sin bañarse, medio enculado y medio avergonzado.
- ¡No voy a contar nada! – gritó el flaco bien alto para que lo escuchemos todos y para que también lo escuche el Vasco mientras se rajaba. Así fue, se cerró el tema y no nos contó nada.
Durante la semana previa a la final nadie volvió a tocar el tema. ¿Quién iba a decir algo si el Turco nos dejó bien clarito que el que jodía con esa boludez se perdía la final?
Llegó el domingo, nomás. Estábamos por disputar el partido más importante en la historia del club. ¡Qué responsabilidad! Ni bien entramos al vestuario se produjo un marcado silencio: la euforia y los cantitos quedaron en el micro. Estábamos un poco más tensos que de costumbre, todos, no podía ser de otra manera. De a poco, a medida que cada uno empezó a sentir confianza, el centro de atención fue el Vasco, él estaba cambiándose en un rincón del vestuario, cerca de las duchas. Al principio muchos no se dieron cuenta pero el Vasco golpeaba su pie izquierdo contra el piso, marcando un ritmo, sin parar. Claro, el repiqueteo de su pie dándole al piso se hizo notorio a partir de que se puso los botines. Ese sonidito de los tapones golpeando de manera incesante contra el suelo de mosaicos gastados pasó de ser molesto a transformarse rápidamente en insoportable. El Vasco tardó un rato en darse cuenta que todos estábamos pendientes de su “ruidito”, congeló el pie, nos recorrió con la mirada y se alejó hacia el sector de los retretes. Justo en ese momento descubro que el único que no lo miraba era el Flaco, se mantenía con la mirada clavada en el piso mientras estiraba sus largos dedos tratando de hacerlo sonar.
El partido fue malo y aburrido, típica final donde ninguno de los dos equipos quiere arriesgar nada, donde agonizan esperando encontrar la salvación en los penales. No lo cuento con aires de crítica, para nada, si yo también fui parte o cómplice de esa estrategia nefasta y mezquina. Aunque en todo caso, al menos yo, a medida que pasaban los minutos mi preocupación era saber hasta cuando el Vasco iba a soportar la presión, porque el partido lo pudo sobrellevar de la mejor manera, atajó lo poco que tuvo que atajar y siempre se mostró sereno, asombrosamente sereno. Pero en los penales para el arquero no hay changüí, no tenés margen para el error, si no sos frío, sos boleta. Arrancamos pateando nosotros: gol. Ellos: gol. Así fueron las primeras tres ejecuciones, todas adentro. El cuarto de los nuestros lo pateó Rinaldi: la colgó de la tribuna. En el preciso momento en que su pie impactó con la pelota todos sabíamos que esa pelota volaría hacia las nubes, inclusive el arquero que se quedó clavado y acompañó con su mirada la injusta trayectoria del balón mientras dibujaba una larga, eterna sonrisa. El Vasco avanzó hacia el arco ante el bullicio y el festejo de la hinchada contraria. Los turros le mostraban a los nuestros el balón recién pateado por Rinaldi como un trofeo y de forma socarrona. Aspani colocó una nueva pelota en la marca del penal, amagó a tomar carrera pero volvió sobre la pelota y corrigió la posición con un leve giro. Levantó la mirada en dirección del Vasco. Este tenía sus ojos clavados en el balón y ya estaba agazapado, casi quieto pero con todos los músculos tensos, listos para la acción. Aspani miró a su gente y levantó un par de veces los brazos pidiendo aliento. El griterío a las espaldas del Vasco fue enorme. Aspani se perfiló, corrió y le pegó a la pelota un fierrazo tal que salió derechito hacia el arco con aspiraciones de gol. El Vasco se movió recién en el último instante, en el instante preciso. Dio un salto magistral y su cuerpo voló hasta que con la punta de sus dedos extendidos, firmes, desvió el balón ante la sorpresa de todos. Y logró la hazaña, ídolo. Jugadores e hinchada explotamos en un largo festejo, Aspani, rendido, de rodillas en la puerta del área observaba al Vasco que se incorporaba sin apuro, sin prisa mientras la gente vitoreaba su nombre. Quique metió el quinto penal para locura de toda nuestra gente, después vino el turno del cinco de ellos. El Vasco lo esperaba parado con los brazos en jarra, al borde del área chica, imponente. A mí me dio la sensación que el tipo, a medida que se acercaba al punto del penal más grande lo veía al Vasco y más chico lo veía al arco. Hasta pude sentir que su cuerpo se iba desarmando frente a la figura gigante, a esa altura, del Vasco. La atajada no fue nada sensacional porque al tipo le salió cualquier cosa menos un penal, el Vasco la embolsó, ahí abajo, sin dar rebote. Lo impresionante fue que todos los que estábamos en el estadio en ese momento sabíamos antes de la ejecución que ese penal no era gol. Entre todos existía la certeza de que el Vasco, en ese momento, se había convertido en un arquero invulnerable y con nervios de acero.
Ganamos, vuelta olímpica, el Vasco en andas y todos los festejos. Una vez más, cuando la gente se fue aplacando, ya en el vestuario mis compañeros y yo volvimos a la carga contra el Vasco y el Flaco para saber cuál había sido el secreto del cambio, de la transformación tan notable que permitía ahora sí que festejemos el campeonato.
- A mí ni me pregunten – se excusaba el Flaco.
El Vasco pretendía hacerse el desentendido.
- ¡¡¡Vamos a festejar muchachos!!! No pierdan el tiempo en boludeces.
Pasó un rato hasta que el Vasco, merecido héroe de la noche, tuvo que salir del vestuario para una nota con una radio local. Apenas se cerró la puerta el Flaco nos miró a todos con cara de pícaro, esperó que nos juntemos alrededor suyo y confesó:
- No es para tanto… Fue un consejo, nada más… Les cuento pero no quiero que lo jodan – nos advirtió entre irónico y formal, casi como una obligación.
- El Vasco era un manojo de nervios, - prosiguió - Uds. lo saben… La verdad es que yo le recomendé que antes de jugar se haga una buena “manuela”, una paja, que eso lo iba a relajar… Y bueno, parece que le sirvió.
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muy buen cuento...........
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